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30 de octubre de 2019

Cuidado, se escucha – A*Desk. Editorial de octubre de 2019




Publicado en A*Desk

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Cerrar los ojos y escuchar son dos gestos no correlativos. A menudo deberían serlo. La sobreestimulación visual y la demanda continua de verificación ocular, propiciada por las pantallas de los aparatos digitales, convierte la escucha atenta –sin la mediación del ojo– en un imposible. El ocularcentrismo también evidencia esta perspectiva. Sin embargo, dejar de mirar agudiza los demás sentidos. Privar la vista afina el oído. Escuchar sin ver puede ser una acción totalmente enriquecedora, siempre que se trate de una acción autoconsciente e intermitente. Fomenta una actitud auditiva pro-activa focalizada en la experiencia estética. Pero prestar atención a las vibraciones sonoras sucedidas a nuestro alrededor también es un acto de coraje. En numerosas ocasiones uno preferiría taparse los oídos bien fuerte y con la misma eficacia con la que cierra los párpados. En cualquier escenario urbano lastimado permanentemente por el ruido ensordecedor del vehículo privado uno desearía bloquear el alcance de sus ondas sonoras. La posibilidad de dejar de escuchar situaciones adversas y la predisposición a escuchar sutilezas prácticamente imperceptibles son dos anhelos que vehiculan las diferentes colaboraciones textuales de este mes.

“Cuidado, se escucha” es un enunciado que deriva de la traducción al inglés de la noción de escucha atenta. Listen carefully es un concepto cuyo adverbio incorpora matices relativos al cuidado y la precaución. A lo largo del mes de octubre de 2019, en mi propuesta como editor invitado de A*Desk, se convocan razonamientos teóricos e intervenciones artísticas que invitan a pensar la escucha. Las diferentes contribuciones proponen reflexiones políticas, estéticas y divulgativas en las que se infiltra el debate sobre la musicalidad. La apreciación auditiva, en un momento histórico caracterizado por la ubicuidad musical tras la desmaterialización de sus soportes, permite colocar la audiencia y sus oídos en el centro del debate.

En su escrito preliminar la teórica Carmen Pardo Salgado se detiene en el cilindro de cera del fonógrafo de Thomas Edison, la oreja del pintor Vincent Van Gogh y el proyecto sonoro Surround Me: A Song Cycle for the City of London (2010-2011) de la artista escocesa Susan Philipsz para articular un ensayo que, en términos auditivos, defiende la “distracción” como “medida de protección”. Promover “otro tempo en el oído del oyente” es una de las conclusiones que suscita un análisis conspicuo sobre la auralidad en la ciudad global.

El músico y artista visual Arnau Sala Saez investiga las formas difusas de la fenomenología entóptica para elaborar un proyecto artístico desplegado a través de tres ejes: unas grabaciones sonoras distribuidas en seis secciones, un conjunto de composiciones gráficas de naturaleza abstracta y un texto explicativo que argumenta la exploración física del fenómeno, así como el proceso de creación establecido. Las piezas sonoras resultantes dibujan microsonidos electrónicos que esbozan texturas sintéticas trazando escenarios auditivos imaginarios.

Shak Benavides explica la experiencia que supone dirigir TeslaFM, una emisora de radio centrada en una labor encomiable: difundir las prácticas musicales de raíz experimental. Electroacústica, electrónica de vanguardia y arte sonoro son algunos de los ámbitos tratados por un medio radiofónico que emite tanto las grabaciones espectrales del siglo XIX como los artefactos musicales más insospechados de la actualidad. Su amplísimo bagaje musical también se manifiesta a través de su ecléctica labor como Dj Shak y la exploración hauntológica que es Lucius Works Here.

Sam Roig, director del proyecto sonoro L’Ull Cec, se pregunta dónde está la música. Para hacerlo organiza series de interrogantes estructuradas en función de parámetros específicos que a priori servirían para vislumbrar la localización de la misma. Cuestionando la interpretación, la sonoridad, el silencio, la escucha, el soporte físico y la partitura, el texto indaga en las múltiples dudas ontológicas que suscita la música. “¿Qué diferencia hay entre pensarla, escucharla y recordarla?” es una de las cuestiones clave de una reflexión que interpela la evocación y la ilusión en clave coclear.

Estas valiosas contribuciones respecto a las connotaciones estéticas e ideológicas de la escucha pueden ampliarse mediante el seguimiento de las propuestas teóricas y artísticas –pasadas y futuras– de cada uno de sus colaboradores. Del mismo modo se recomienda prestar atención a la exposición ¿Arte sonoro? comisariada por Arnau Horta (Fundació Miró de Barcelona, 2019), la compilación de textos Escucha, por favor editada por José Luis Espejo (Madrid: EXIT, 2019), la serie de vinilos del proyecto artístico LEVE (coordinado por Esperanza Collado y Rafael Martín del Pozo desde 2011) y la revista inglesa The Wire, una fuente inagotable de artículos a auscultar.

(Imagen destacada: National Scientific and Industrial Research and Inventions Office, las bocinas acústicas de George Mabboux para localizar aviones, 31 de mayo de 1935. CNRS collection, A_3264).

1 de febrero de 2019

Reloj cinético, pantalla intemporal


The Clock (2012) Christian Marclay

Publicado en A*Desk

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Toda película funciona como un reloj. Un reloj silencioso que articula el tiempo discretamente. No lo hace mediante agujas o dígitos numéricos sino a través de registros visuales y auditivos. Lo fílmico y lo videográfico expresan el carácter ineluctable del tiempo sutilmente, transmitiendo su inabarcable dimensión. La irreversibilidad temporal coincide con unos medios cuya tecnología fomenta su devenir: una reproducción condicionada por su perpetua transformación. Proyecciones de imágenes en movimiento y amplificaciones sonoras manifiestan cómo en ellas lo único realmente constante es el cambio. Más allá de duraciones ancladas en parámetros cronométricos (segundos, minutos, horas), cada pieza audiovisual ejercita singularmente su flujo temporal. Esta esencia que fundamenta el cine y el vídeo queda sintetizada en el concepto time-based media (1).

Si según Henri Bergson el tiempo es irrepresentable porque es fluido y absoluto (2), resulta sintomático que, como razona Mary Ann Doane, el cine adopte “la narrativa como medio principal de hacer el tiempo legible” (3). El tiempo irreversible del dispositivo fílmico –la cámara al registrar, el proyector al reproducir–, el tiempo diegético –su representación dentro de la narrativa–, el tiempo histórico de las imágenes –el momento en el que fueron filmadas– y el tiempo de recepción de la audiencia –relativo al contexto de exhibición– son las temporalidades que el cine amalgama. Múltiples temporalidades desestructuradas hacen acto de presencia en obras donde fragmentación, discontinuidad y elipsis son elementos consustanciales. El cine captura y almacena el tiempo; mostrándonos relojes lo proclama, pero de modo diferente (4).

Amelia Groom afirma que “el arte nos puede mostrar cómo nuestro entendimiento del tiempo ha sido siempre algo variable y construido en vez de ser ‘natural’ o pre-existente” (5). Desestabilizar los regímenes internos que vehicula el reloj es habitual en el cine de vanguardia: desnaturalizar su funcionamiento y extrañar su forma permiten subrayar tanto la complejidad que entraña como el rechazo que suscita (6). En ciertas prácticas audiovisuales contemporáneas de raíz artística la construcción temporal queda subvertida, sus relojes transgredidos. Tergiversando su utilidad se intuyen dimensiones cinemáticas fluctuantes que exploran nuevos ritmos, otras pausas. Son configuraciones disruptivas que incorporan rasgos metalingüísticos, evidencian literalmente la noción de tiempo real o sesgan las coordenadas espacio-temporales. Cuestionando las convenciones artificiales del tiempo físico se convocan apreciaciones fenomenológicas que exponen la disociación entre tiempo objetivo y tiempo subjetivo.

The Clock (2012) del norteamericano Christian Marclay es el ejemplo paradigmático de ensimismamiento temporal revelado en tiempo real. Sus veinticuatro horas de duración recrean el funcionamiento de un reloj a lo largo de un día. Puestas en escena recicladas y secuencias apropiadas de relojes de pulsera, de pared o digitales marcan todos los minutos de una jornada. La sincronización exacta entre la proyección del film y la hora local convierte cada plano en la saeta de un reloj. Rememorar parte de la historia del cine como si de un reloj de pared se tratase es una de sus consecuencias. La pantalla rectangular sustituye el soporte circular para indicar cada minuto del día, incluyendo actrices y actores que reaccionan al comprobar la hora. El cineasta francés Christoph Girardet usa el mismo planteamiento en 60 Seconds (Analogue) (2003). Sesenta planos de un segundo, extraídos de films ajenos, muestran una variedad de relojes de pulsera indicando el transcurso de un minuto pensado para desplegarse en bucle. Su sencillez contrasta con la ambiciosa magnitud de la anterior, pero su precisión cronométrica es idéntica. Ambas son obras de found footage que visibilizan el desarrollo temporal mediante imágenes pretéritas que congregan presentes, intuyendo futuros.

Señalar la hora para enfatizar su duración es el propósito del norteamericano Morgan Fisher en Phi Phenomenon (1968). Un reloj eléctrico de pared es el único elemento visible de una pieza minimalista y tautológica que asimila el movimiento exponiendo su transcurso. El avance solo se percibe a través del minutero y la memoria de la audiencia, confrontada con la experimentación del cambio a través de la propia subjetividad. La gratificación por apercibir variaciones prácticamente imperceptibles y la noción de aburrimiento se ponen en diálogo. Por el contrario, Bleu Shut (1971) del californiano Robert Nelson es un collage fílmico solucionado como un divertimento. Una diversidad de construcciones visuales, estructuradas alrededor de un pequeño reloj de ajugas ubicado en la parte superior derecha, forman una película cuyo subtítulo reza: “30 minutos”. Esa es la duración de una pieza planteada como un concurso de identificación de nombres de barcos, lanchas y botes variopintos. Una serie de estampas fijas con textos sobreimpresos recalcan un trabajo que evoca un programa radiofónico. La comicidad que transmiten las voces de la presentadora y los dos participantes marcan una pieza lúdica, participativa, que reflexiona sobre su propia duración.

El cuerpo humano funciona en consonancia a un conjunto de pautas diacrónicas, articuladas como engranajes mecánicos acordes con el transcurrir de las horas, los días, las semanas, los meses y los años. El colectivo Raqs Media Collective argumenta que “la percepción del tiempo es metasensorial, se sitúa por encima de todos los otros sentidos” (7). En Time Piece (1965) de Jim Henson los ritmos del cuerpo del propio director quedan sincronizados al patrón sonoro de una percusión. Referencias continuas a relojes antiguos puntúan decenas de acciones meticulosamente calculadas. Una comicidad ciertamente absurda marca la sucesión de eventos representados. La cotidianeidad queda regida por un tempo orgánico hecho de pasos, gestos y acciones repetitivas. Se transmite así que existe un reloj dentro de cada uno de nosotros, incluso varios. En Clockshower (1973) Gordon Matta-Clark se adentra en uno de grandes dimensiones. El artista norteamericano asciende por la Clocktower de Nueva York, instala un austero sistema de riego en su eje, se ducha, se afeita, toma un baño, duerme un rato y homenajea la mítica escena de El hombre mosca (1923) de Harold Lloyd. Espacio doméstico y esfera pública se diluyen mientras se impide el avance de las manecillas del reloj. Este aseo matutino descontextualizado queda documentado en vídeo desde un lejano plano contrapicado que constata lo elevado de una performance que pone en crisis la señalización temporal.

La dialéctica entre el sujeto y el reloj también marca la pauta de One Year Performance 1980–1981 (Time Clock Piece) (1981) de Tehching Hsieh. En esta acción monumental realizada entre el 11 de abril de 1980 y el 11 de abril de 1981 el artista taiwanés ficha a cada hora en punto del día, durante cada uno de los doce meses que conforman un año. Centenares de fotogramas únicos documentan una acción colosal cuya disciplinada repetición improductiva remite al mito de Sísifo. En su estudio, Hsieh marca cada casilla de sus tarjetas en una clock stamp machine, poco antes de realizar un autorretrato frontal en soporte fotoquímico (8). Cada instante queda resumido en un solo fotograma que da como resultado una película de seis minutos. El cronógrafo ejemplifica la tensión entre dos periodos temporales extremadamente diferenciados: los 365 días que dura la acción y los pocos minutos que la sintetizan. Este extenso desvío temporal se extrema en Cosmic Clock (1979), del cineasta de animación Al Jarnow. Aquí un billón de años queda comprimido a poco más de dos minutos.

La performatividad del reloj, personificada a través del trabajador, queda incrementada en los proyectos Standard Time (2008) y Real Time (2009). Creadas por los artistas alemanes Mark Formanek y Maarten Baas, respectivamente, esta dos obras versátiles construyen el tiempo a medida que avanza (9). En la primera, un grupo de obreros cambian meticulosamente los dígitos de una gran instalación –un reloj ubicado en un solar de Berlín o en la estación central de Rotterdam– a lo largo de veinticuatro horas. Real Time opera en una línea similar. Consta de una serie de acciones que visualizan el tiempo a través de tres propuestas diferentes: Sweepers, Analog Digital y Grandfather Clocks. Barrer un montón de deshechos colocados linealmente sobre el suelo; pintar un vidrio con un material opaco o limpiarlo con utensilios domésticos y dibujar líneas con rotulador sobre un cristal son actividades realizadas para precisar el correcto funcionamiento de relojes analógicos o digitales. Formanek y Baas ponen en crisis la noción productiva del tiempo interrogando la popular afirmación: “tiempo es dinero”.

Estas prácticas desvelan la mecánica del reloj para problematizar su rigurosidad, alterar su utilidad o acentuar su poética. Sustrayendo las agujas del reloj se ilustra lo extemporáneo, la pluralidad de presentes suspendidos o la posibilidad de situarse fuera del tiempo. La ausencia de manecillas en los relojes de Messages (1984) de Guy Sherwin y Los espigadores y la espigadora (2000) de Agnès Varda, transmiten un dominio atemporal que conecta con la ‘cancelación del futuro’ propugnada por Franco Bifo Berardi (10). Preguntarse por las temporalidades que los medios audiovisuales aún no han sido capaces de vislumbrar parece estar plenamente justificado. Porque lo cronológico existe pero los vacíos también. Establecer resistencias a la medición en unidades iguales e intercambiables, propuesta por la mecánica del reloj, es un modo de subrayar el valor de la cronofenomenología (11). ¿Cómo se explica sino que, en el ámbito audiovisual, unas cuantas horas pasen volando, unos pocos minutos parezcan eternos o unos escasos segundos detengan el tiempo?

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(1) Jean-Luc Godard sintetizó la fundamentación del medio cinematográfico acudiendo al tiempo calculado: “El cine es la verdad veinticuatro imágenes por segundo”, frase pronunciada en su film Le Petit Soldat (1963).
(2) Bergson, Henri, La evolución creadora. Madrid: Espasa-Calpe, 1985.
(3) Ann Doane, Mary, La emergencia del tiempo cinemático. La modernidad, la contingencia y el archivo. Murcia: Cendeac, 2012. p. 101.
(4) Como “diferentes” son las percepciones que tiene el protagonista de La Jetée (1962) de Chris Marker, cuando viaja al pasado eludiendo un presente coartado por la radioactividad.
(5) Groom, Amelia, “Introduction. We’re five hundred years before the man we just robbed was born” en Groom, Amelia (Ed.) TIME. Documents of Contemporary Art. Londres. Whitechapel Gallery, 2013. p. 18.
(6) Barreiro González, Maria Soliña, La mirada obsesiva: imágenes del tiempo en el cine de vanguardia europeo de los años 20. Barcelona: Universidad Pompeu Fabra, 2011.
(7) Raqs Media Collective (2011) “Plankton in the Sea: A Few Questions Regarding the Qualities of Time” en Groom, Amelia, op. cit. p. 186.
(8) Esta máquina perforadora utilizada para fichar también aparece en Tiempos Modernos (1936) de Charles Chaplin. Mediante ella se escenifica la explotación económica sufrida por el proletariado a partir de la consolidación de la Modernidad.
(9) Ambas acciones tienen versiones para dispositivos personales que se asemejan a piezas digitales como L’Horloge (2005) de Étienne Chambaud, Flipped Clock (2008) de Thomson & Craighead y Zero Noon (2013) de Rafael Lozano-Hammer.
(10) Bifo Berardi, Franco, Después del futuro. Desde el futurismo al Cyberpunk. El agotamiento de la modernidad. Madrid: Enclave de libros, 2014.
(11) Luis Díaz, J. (2011) “Cronofenomenología: El tiempo subjetivo y el reloj elástico”. Salud Mental, 34 (4), pp. 379-389.



60 Seconds (Analogue) (2003) Christoph Girardet
Bleu Shut (1971) Robert Nelson
Phi Phenomenon (1968) Morgan Fisher
Clockshower (1973) Gordon Matta-Clark
One Year Performance 1980–1981 (Time Clock Piece) (1981) Teching Hsieh
Standard Time (2008) Mark Formanek
Real Time (2009) Maarten Baas
Messages (1984) Guy Sherwin
Los espigadores y la espigadora (2000) Agnès Varda

1 de noviembre de 2018

Geología en movimiento. Navegando entre piedras y pedruscos del audiovisual contemporáneo


Amarillo Ramp (2017) Sabine Gruffat & Bill Brown

Publicado en A*Desk


Las rocas no son inertes, tienen movimiento. Modifican su estructura y su localización, fundiéndose, erosionándose o adaptándose a nuevas formas a lo largo de periodos de tiempo extremadamente extensos. Minerales, fósiles y piedras explican la historia de la Tierra señalando los cambios que han sucedido en su morfología a lo largo de su existencia. Los relieves de continentes y océanos son paisajes rocosos que testimonian el pasado; son un libro abierto que explican el grueso de la transformación de un tiempo, el geológico, que comprende los casi 4.600 millones de años de historia del planeta azul. Una ciencia como la geología explora, por lo tanto, la forma interior y exterior del globo terrestre, su materia, sus alteraciones y su estado actual. Estudia el vínculo que establece la estructura del planeta Tierra con el tiempo profundo (1).

A priori, un medio como el cinematográfico debería poder representar la esencia visual y temporal de la geología de modo plausible. A fin de cuentas el cine es una herramienta que captura imágenes y sonidos para desplegarlos según su duración adecuada. Sin embargo, el audiovisual encuentra obstáculos significativos a la hora de representar los cambios geológicos de modo convincente: el movimiento y el tiempo. Si el movimiento geológico es imperceptible al ser humano, su tiempo es prácticamente irrepresentable en términos fílmicos. El relieve y la volumetría también se escapan del dominio bidimensional de todo trabajo audiovisual. Cabe preguntarse, por tanto, de qué manera herramientas como el cine o el video pueden explicar esta transformación de millones de años. ¿Cómo pueden los artistas de la imagen en movimiento dilucidar incógnitas sobre la corteza terrestre? ¿Qué tipo de propuestas audiovisuales revelan su devenir de modo convincente? Más allá del cine documental ortodoxo –de voz en off explicativa, aleccionadora, a menudo redundante–, resulta pertinente interrogar qué propuestas arrojan luz a la problemática geológica dentro del cine experimental y la videocreación ensayística.

Estableciendo sinergias entre los medios tecnológicos de reproducción de imágenes y el ámbito geológico hallamos consideraciones estéticas que sugieren la belleza terrestre en sí misma. (2) En el arte fílmico y videográfico existen diversos trabajos que realizan análisis geológicos entrelazando consideraciones teóricas con sutilezas poéticas. Asumiendo conscientemente el papel que protagoniza el medio escogido en la representación, diversos artistas solucionan sus piezas situándose en los confines entre lo ensayístico y lo pedagógico, lo figurativo y lo abstracto, lo analítico y lo metafórico. Son propuestas que vehiculan instancias sutiles no exentas de complejidad.

En Sailing Stones (2011), grabada por Adrien Missika en Racetrack Playa, se muestra un conjunto de piedras desplazadas a lo largo de un lago completamente seco, rodeado de acantilados dolomíticos, cerca del mítico Death Valley californiano. Durante once minutos se documentan unos pedruscos que han llegado a su posición dejando tras de sí un trazo sinuoso sobre el terreno. La profunda lentitud con la que las rocas cambian de ubicación y la dificultad por percibir ese trayecto serenamente enigmático hacen pensar en lemas temporales como el de la composición Organ²/ASLSP (As Slow as Possible) (1987), del músico norteamericano John Cage (3). De modo análogo, los planos de la obra se dilatan, esculpiendo una duración que se extiende más allá de lo habitual. Al carácter estático de las tomas se le suma una suspensión temporal que denota una frustración: la imposibilidad de presenciar ningún atisbo de movimiento (4). Laura Kraning escoge otra metodología para documentar un espacio desértico similar en Meridian Plain (2016). Un montaje acelerado de imágenes estáticas capturadas por cámaras fotográficas rastrean texturas monocromáticas de piedras y rocas inidentificables. Topografiar un paisaje distante, reconfigurado a través de fotografías cenitales extraídas de internet, convoca una multiplicidad de puntos de vista para un escenario natural completamente virgen (5). Su progresivo frenesí parece inspirarse en proyectos de artistas como Michael Snow o Gary Hill, especialmente en los tramos más hiperactivos de films como La Région Centrale (1971) o Axis (1975). Li: The Patterns of the Nature (2007) de John N. Campbell parte del término chino LI, referido al orden y la inteligencia que subyace en la naturaleza, para reflejar la riqueza de sus formas orgánicas. Lentes microscópicas, largos intervalos de tiempo y otras técnicas de filmación poco comunes recogen ciclos estacionales diacrónicamente. En otro trabajo de Campbell titulado Crystal Growth in Polarized Light (2017) el cineasta captura la formación de minerales y cristales como los que en su día filmaron la norteamericana Lillian Schwartz –Bagatelles (1977)– y el francés Jean Painlevé –Transition in Liquid Crystals (1978) (6).

Existen otros trabajos audiovisuales de rasgos artísticos donde el cuerpo del artista hace acto de presencia, modificando un espacio profílmico caracterizado por dominancias geológicas. Within a Stone’s Throw (2012) de Cecilia Condit es una videoinstalación a tres pantallas cuyas imágenes ofrecen escenarios naturales irlandeses grabados en planos fijos. El errabundeo de la artista, interactuando con la escala de las piedras y sus disposiciones dentro del encuadre, son recorridos performáticos por enclaves rocosos. Lo espiritual subyace entre situaciones de trasfondo tan simbólico como mitológico. Amarillo Ramp (2017) de Sabine Gruffat y Bill Brown también incorpora escenificaciones de cuerpos humanos. Se abre con un cita del escritor J. G. Ballard que remite a la superación de los límites de las coordenadas espacio-temporales (7). Gruffat y Brown retratan el último earthwork del artista Robert Smithson en un ensayo poético que se divierte improvisando juegos especulares de reflejos lumínicos. Son intervenciones lúdicas pautadas por los devaneos eléctricos del guitarrista sónico Lee Ranaldo –del que suena su tema Amarillo Ramp (For Robert Smithson) (2000)–. Según los dos cineastas, la obra de Smithson es un indicio de Antropoceno –época que sucede al Holoceno–, un término introducido por el ecologista Eugene Stoermer y el científico Paul Crutzen que indica el cambio geológico marcado por el impacto del ser humano sobre el ecosistema terrestre. Casting a Glance (2007) de James Benning ofrece otra lectura de esta transformación contemplando la Spiral Jetty (1970) del mismo Robert Smithson a lo largo de diversas décadas. Esta gran espiral de tierra ubicada al norte de Salt Lake en Utah es, en palabras de su artista, “un ciclón inmóvil”. Benning la visita asiduamente, comprobando como reflota en 2004, tras estar sumergida bajo el agua treinta años. Dieciséis largas tomas de viajes emprendidos entre 1970 y 2007 visualizan los cambios meteorológicos y el proceso de erosión de las rocas de basalto que conforman la obra de Land Art más reconocida.

En una escena de Travelling Fields (2010) la inglesa Inger Lise Hansen se concentra en las ruinas de una edificación inacabada que, por su calculada disposición, evoca la alineación de menhires de Carnac, en la Bretaña francesa (8). Este pausado travelling lateral, producido bocabajo de derecha a izquierda, incrementa su extrañeza por la incógnita que suscita un conjunto abandonado de columnas de hormigón. Reconfigurando el espacio escogido –la península de Kola, en el norte de Rusia– y utilizando intervalos de tiempo que iluminan el escenario intermitentemente, la artista propone una registro desnaturalizado de un terrain vague. Esta zona atravesada de modo sinuoso desvela un paisaje entrópico que sugieren la posibilidad de resignificar la conciencia ecológica. Esta misma problemática es la que destila el proyecto Medium Earth (2013) del colectivo londinense The Otolith Group. En él se disecciona lo sísmico mediante un ensayo audiovisual que, tomando como punto de partida el terremoto de Tohoku, traza un itinerario profético por el movimiento tectónico de la corteza geológica de California. Como indican en su misma página web, “el deseo por evocar los substratos ocultos del planeta da paso a una interpretación morfológica de la faz de la tierra” (9). Y es aquí donde introducen metodologías que escuchan el paisaje sonoro de los desiertos, descifran las caligrafías de las grietas de sus fallas y descodifican la escritura de las piedras.

En general, todas las prácticas audiovisuales aquí reseñadas sugieren la nimiedad del ser humano ante la magnitud espacio-temporal del planeta Tierra. Cualquier tipo de intervención del hombre sobre el territorio terrestre, tarde o temprano, devendrá ruina, erigiéndose como monumento del futuro. No es casualidad que Robert Smithson, reflexionando sobre el tiempo, el arte y el paisaje, citara al escritor ruso Vladimir Nabokov cuando afirma que “el futuro es lo obsoleto al revés”. (10) Las piezas videográficas mencionadas en este texto son tan solo una pequeña representación de un sinfín de títulos que recogen la fascinación de los artistas por la geología. Lo escurridizo de esta temática, su resistencia a cualquier tipo de acotación audiovisual siguen siendo motivos para seguir indagando en sus propiedades, tanto si se incluye la apariencia humana como no. El carácter aparentemente estático de piedras y pedruscos, desvela, paradójicamente, un trasfondo cambiante donde lo fenomenológico queda superado por el concepto de tiempo profundo. Porque en materia geológica, expresada artísticamente, los límites epistemológicos solo pueden manifestar la tendencia a la metamorfosis y la alteración, haciendo válida la expresión del químico francés Antoine-Laurent Lavoisier quien, en 1785, indicó que “la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma”. (11)
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(1) El geólogo escocés James Hutton (1726–1797) introdujo el concepto científico de ‘tiempo profundo’. En Principios de geología (1830-1833) el geólogo británico Charles Lyell codificó la noción de tiempo profundo demostrando que la persistente acción de las causas ordinarias originan todos lo hechos geológicos.
(2) Cualquier libro bien ilustrado de geología es una invitación a interpretar fotografías de rocas ígneas, metamórficas o sedimentarias como abstracciones visuales que, por sus características formales (énfasis en la textura, composición all over, ininteligibilidad de la escala, relativa ausencia de figuración), aluden a pinturas del expresionismo abstracto, el informalismo u otros movimientos de la práctica pictórica ensimismada. Del mismo modo, fotógrafos como Edward Weston o Albert Renger-Patzsch toman como modelo piedras –ciegas o no– para desarrollar propuestas artísticas de la nueva objetividad, que pueden estudiarse bajo el signo de la petrología. Por otro lado, ciertas prácticas del ámbito sonoro, como aquellas elaboradas por el inglés Chris Watson, implican plenamente el transcurso temporal terrestre. Movimientos sísmicos y erupciones volcánicas pueden registrarse como grabaciones de paisajes sonoros de modo más o menos objetivo.
(3) Organ²/ASLSP (As Slow as Possible) (1987) es una pieza musical que propone la interpretación musical más lenta y de mayor duración jamás efectuada. As Slow as Possible fue también el anunciado que escogieron los comisarios Alexandra Laudo y Jesús Vilamajó para organizar una exposición de arte contemporáneo en la muestra Embarrat de Tàrrega del año 2017.
(4) En enero de 2016 tuvo lugar una sesión Scratch de cine experimental en París titulada Polvo de imágenes: Fuerzas telúricas. En ella se incluyeron Sailing Stones y otros trabajos como la documentación de la obra Sun Tunnels (1978) de la artista norteamericana Nancy Holt.
(5) Esta película fue una de las incluidas en la sesión Voyages Elsewhere que cerró, en el Close-Up Cinema de Londres, la muestra Edge of Frame dedicada al cine de animación experimental, en marzo de 2018.
(6) Nirvana Alchemy Film (2007) de Jennifer West no representa minerales pero añade aguas termales empapadas de litio y otras substancias alquímicas sobre el celuloide de 16 mm. La acción química sobre la emulsión altera filmaciones autobiográficas convertidas en divertimentos en descomposición.
(7) “Considero Amarillo Ramp tanto un embarcadero como una huida, un proto-laberinto que Smithson esperaba que lo lanzara desde los límites del tiempo y el espacio a un mundo más rico y complejo”. Ballard, J. G. ‘Robert Smithson as Cargo Cultist’ en Conley, Brian y Joe Amrhein (Ed.) Robert Smithson: A Collection of Writings on Robert Smithson on the Occasion of the Installation of ‘Dead Tree’ at Pierogi 2000. Brooklyn, NY: Pierogi 2000, 1997.
(8) Según Francesco Careri el conjunto de menhires de Carnac se ha estudiado como un gran calendario de piedra gracias a su particular orientación. Careri, Francesco, Walkscapes. El andar como práctica estética. Barcelona: Gustavo Gili, 2014. 2º edición. p. 52.
(9) http://otolithgroup.org/ Páginas web consultada por última vez en julio de 2018.
(10) Smithson, Robert, “Enthropy and the New Monuments” (1966) en Flam, Jac, (Ed.) Robert Smithson. The Collected Writings. Los Ángeles: University of California Press. 1996. p. 11.
(11) Otros trabajos videográficos que se han tenido en consideración para la escritura de este texto son: La vida de las piedras (1996-2006) de Clemente Calvo, Piedras (2012) de Mercedes Mangrané, The Artist and the Stone (2014) de Matteo Guidi y Giulina Racco, y Piedra y Pájaro (2017) del colectivo Volga.


Sailing Stones (2011) Adrien Missika
La Région centrale (1971) Michael Snow
Casting a Glance (2007) James Benning
Travelling Fields (2009) Inger Lise Hansen 

1 de junio de 2018

Del Kinetoscopio al Boomerang. Repitiendo el loop audiovisual


Print Generation (1974) J. J. Murphy

Publicado en A*Desk

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¿En qué momento se popularizó la repetición exacta de imágenes en movimiento? ¿Qué artilugios técnicos lo facilitaron? ¿Qué motivos llevaron a emplear estrategias mecánicas para su constante circulación? ¿A partir de qué manifestaciones la repetición se reveló como un gesto estético? ¿Qué sentido tiene mirar nuevamente escenas, secuencias o piezas completas en una pantalla? ¿Qué diferencias existen entre la repetición televisiva, el loop de una proyección fílmica y la reanudación de un trabajo videográfico? ¿Afectan esos nuevos visionados al entendimiento de aquello que representan? Son preguntas que proponen introducir un análisis sobre el papel de la repetición en el audiovisual. Comprender las opciones de sus herramientas tecnológicas, los criterios artísticos de aquellos que la utilizan conscientemente y las lecturas que suscitan en el espectador son algunos de los objetivos a tener en cuenta. (1) Aunque quizás el sentido de lo escrito a continuación no aspire tanto a responder las cuestiones anteriores como a suscitar otras nuevas, formuladas de modo más conciso.

Empecemos por el final, por ejemplo por Boomerang. Esta etiqueta designa una herramienta audiovisual, más o menos reciente, ofrecida por Instagram. El anuncio promocional de la misma indica que la actualización “hace que los momentos cotidianos sean divertidos e imprevisibles”. Los dos últimos términos entrarían de pleno en una concepción ciertamente banal de la imagen en movimiento o, cuando menos, de un modo acrítico de entender su práctica. Algo que la democratización del vídeo digital ha facilitado significativamente, con todos sus pros y sus contras. “Crea mini videos cautivadores que se repiten hacia delante y hacia atrás para compartir con tus amigos”, publicita la aplicación fotográfica. En realidad la palabra clave utilizada en la propaganda inglesa no remite a la repetición sino al loop. Podríamos sintetizar el asunto indicando que un loop es un bucle. Pero si hacemos el ejercicio de buscar su significado en el diccionario observaremos sus múltiples descripciones. De todas ellas, la que más se acerca a nuestros intereses es la relativa a la disciplina musical –en la RAE no existe ninguna definición de loop asociada al audiovisual. En la música electroacústica un loop “es una sección repetida de material sonoro”. Tras esta concisa explicación se indican un buen número de aparatos aptos para su consecución: samplers, sintetizadores, secuenciadores, cajas de ritmo, etc. En Instagram se pueden producir loops mediante Boomerang. Sin embargo, otras opciones de realización de vídeo con el dispositivo móvil también alcanzan tal propósito: las imágenes permiten repetirse continuamente gracias a sus opciones de reproducción. Vídeos breves –como las exhibicionistas stories– son susceptibles de visionarse ad infinitum en móviles inteligentes. Al menos hasta que se acabe la batería. Cabe señalar que no es lo mismo incluir el loop en la grabación propia que esperar a que éste se manifieste en una reproducción ajena. En cierto modo el GIF –cuya trayectoria se inicia en 1987– es el principal precedente digital de estos vídeos compartidos de difusión masiva. (2) Dejando de lado las convenciones que validan la práctica artística, se puede afirmar que cualquier usuario de Instagram es un potencial videocreador de loops. Otro debate sería razonar cómo ese arsenal de vídeos no es más que un flujo continuo de información digital, diseñado para consumirse y olvidarse, prácticamente al instante.

En el ámbito audiovisual se deben diferenciar las dos tecnologías principales que facilitan la consecución del loop: el soporte fotoquímico y el vídeo digital. La primera se enmarca tanto en el contexto de la invención del cinematógrafo –el pre-cine– como en la esfera de exploración matérica y metalingüística del cine experimental –el found footage y el cine estructural. La segunda tecnología respondería a las circunstancias de exhibición museística de un medio –el videográfico– que, al mostrarse temporalmente bajo una duración específica, reclama su continuo despliegue, su ilimitada reproducción. Al menos hasta que se cierre el espacio arquitectónico que lo acoge. La exhibición de muchas películas cercanas a los presupuestos del experimental –a diferencia de buena parte del videoarte– suele suceder en festivales y salas cinematográficas alternativas, los llamados microcinemas. En estos enclaves la proyección acostumbra a suceder únicamente una vez. Aún así, son cada vez más habituales las piezas en celuloide proyectadas en loop (generalmente de 16 mm) en la sala expositiva. Así que revisemos los aspectos técnicos y retrocedamos al inicio de la historia.

El cine nació bajo un anhelo de repetición. Thomas Alva Edison patentó el Kinetoscopio en 1889, un artilugio cuya estructura de madera contenía una sencilla secuencia fílmica para consumir individualmente. Las limitaciones de filmación obligaban a concretar un desarrollo narrativo escueto, hecho de pocos segundos. Detectar el momento en que volvía a empezar la escena era un reto factible. En marzo de 1895, pocos meses antes de la exposición pública del cinematógrafo –sucedida en París en diciembre del mismo año– los hermanos Lumiérè presentaron por primera vez la filmación La Sortie de l’Usine Lumière à Lyon, en una convención para el desarrollo industrial. La impresión que causó en el sector provocó que los presentes reclamaran una nueva proyección. El deseo por asimilar con mayor detenimiento la ilusión de movimiento que ofrecía esa novedad justificaría tal petición.

Repetir diversos planos de una película es una operación que ciertos cineastas experimentales emplean bajo criterios relativos al deterioro del material primigenio. (3) También lo utilizan incluyendo la estética de la duración o modificando los procesos de percepción. Al estudiar el copiado de un mismo metraje fílmico se podría perfilar una genealogía de usos iniciada con las vanguardistas artísticas y continuada con el cine minimalista. Ballet Mécanique (1924) de Fernand Léger y Dudley Murphy incluye un plano picado de una mujer subiendo unas escaleras. Su acción se repite, inicialmente, seis veces. Tras un plano de unos labios sonrientes, diez veces más. La protagonista no alcanza su destino; un espacio ocupado por la posición de la cámara, a la que mira y se dirige. Su esfuerzo por llegar al último peldaño es un ejercicio infructuoso en el que parece haber quedado atrapada. Con esta solución fílmica se rompe tanto la linealidad de los hechos como su relación causa-efecto. El montaje ya no busca la continuidad lógica de los sucesos sino que reivindica poder poner en crisis su propio artificio. Alterar el desarrollo temporal, revelar las propiedades del material y cuestionar su uso convencional son algunos de los propósitos que articulan títulos como Sleep (1964) de Andy Warhol, Tom, Tom, The Piper’s Son (1969) de Ken Jacobs, Runaway (1969) de Standish Lawder, Demolition of a Wall (1973) de Bill Brand, Print Generation (1974) de J. J. Murphy o Four Shadows (1978) de Larry Gottheim. Todas ellos se pueden analizar bajo la noción de repetición, un principio formal que participa activamente de la re-filmación, el copiado óptico y la copia por contacto. Estos cineastas trabajan la repetición estructurando películas sistemáticas que sitúan en primer plano el medio y la consciencia de la audiencia. Revelar las propiedades físicas del cine y abrazar los procesos fenomenológicos del espectador son algunos de los relatos que se derivan de esa operación.

Con la videocreación el recurso de la repetición se convierte en un imperativo; siempre y cuando su exhibición tenga lugar en contextos museísticos o galerísticos. El vídeo digital recoge, por tanto, parte del testigo del cine estructural al trabajar la repetición. Pero aquí no la contempla en el seno intrínseco de la obra, sino en su continuo devenir. A menudo los vídeos en loop demuestran la escasa reflexión de los artistas respecto a las consecuencias de su reproducción. Dicho de otro modo, son pocos los videoartistas que utilizan coherentemente la continua repetición de sus piezas, cuando se muestran en el cubo blanco. Dan Graham, Peter Campus o Steina y Woody Vasulka estudiaron a fondo sus implicaciones –especialmente en videoinstalaciones de circuito cerrado– pero son escasos los ejemplos contemporáneos que lo asuman con convicción. Super Mario Clouds (2002) de Cory Arcangel sería un buen ejemplo. Aquí el artista neoyorquino usa uno de los videojuegos más emblemáticos de la historia para reducir los gráficos de su pausado scroll a la presencia de unas nubes sobre fondo azul. Sus desplazamientos laterales se pueden leer como un continuo espacio-temporal que hace referencia tanto a la ausencia del fontanero animado como a la constante –aunque ligera– modificación atmosférica. Otras videoinstalaciones contemporáneas de Christoph Girardet, Harun Farocki o Teresa Hubbard & Alexander Birchle asumen en loop rigurosamente, tal y como argumenta J. Ronald Green en su estudio “The Re-emergence of the Film/Video Loop”. (4) El reciclaje fílmico del primero y el análisis sociopolítico del segundo contrastan fuertemente con las puestas en escena narrativas, registradas impecablemente en steadicam, de la pareja de origen suizo. Piezas remarcables de Hubbard & Birchle como Detached Building (2001) o Single Wide (2002) proponen órbitas constantes, retornos persistentes que retroalimentan continuamente sus posibles interpretaciones. Otros videoartistas como Oliver Laric o Graham Dolphin aplican recursos que, al desdoblarse como cintas de moebius, inciden en sistemas de producción lo-fi, el que otorga la búsqueda de imaginería extraída de internet.

La variación y la transformación son características asumidas por la repetición en ciertos largometrajes de ficción. Películas tan dispares como Rashomon (1950) de Akira Kurosawa, Atrapado en el tiempo (1993) de Harold Ramis, Lola corre Lola (1998) de Tom Tykwer, Los cronocrímenes (2007) de Nacho Vigalondo, Código Fuente (2011) de Duncan Jones o Ahora sí, antes no (2015) de Hong Sang-soo incorporan, ligeramente, estructuras repetitivas que cambian progresivamente de dirección o alteran, rotundamente, el punto de vista de la narración. Temporalidades lúdicas y causalidades hiperbólicas hacen acto de presencia en conflictos argumentales que huyen de la linealidad ortodoxa. Regresar a nuevos inicios, cambiando el desarrollo de los mismos, hasta invertir el recuerdo que el espectador tiene inicialmente de ellos, es una operación habitual en estas películas narrativas sujetas a convenciones comerciales. Son revisiones que inyectan nuevos conflictos narrativos y contrastan fuertemente con la radicalidad de las propuestas del videoarte y la experimentación fílmica.

Valgan los ejemplos y anotaciones previas para considerar el valor de la repetición como recurso formal idóneo para la producción de soluciones audiovisuales que aludan a la configuración del tiempo. Aunque no hayamos resuelto muchas de las dudas iniciales merece la pena señalar que –como recordaban el grupo electrónico Orbital en el tema Planet of Shapes–, “incluso un reloj parado, da la hora correcta dos veces al día”. Si todos los times based media participan de la temporalidad y la duración, es inevitable que conlleven el recuerdo y la anticipación. Como la música, el cine transcurre en el tránsito entre la memoria y la imaginación. Tanto el Kinetoscopio como el Boomerang nos hablan de una inquietud por volver a mirar e insistir en la observación, siempre que nuestra curiosidad por descubrir siga aprehendiendo lo que nos rodea.
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(1) Para un análisis de la repetición como mecanismo estético e ideológico en las vanguardias artísticas consultar el escrito “The Originality of the Avant-Garde: A Postmodernist Repetition...” de Rosalind Krauss, October, Vol.18, (Otoño, 1981), pp. 47-66. Para una indagación referente al cine de ficción se recomienda leer el texto “Cine–Repetitions” de Raymond Bellour. Screen, Volumen 20, Número 2, 1 de julio de 1979. pp. 65–72.
(2) Hace unos meses Eloi Puig analizaba, en esta misma plataforma, el papel del GIF incidiendo en la baja calidad de sus imágenes y el valor del glitch como efecto estético: http://a-desk.org/magazine/sobrevolando-sobre-los-detritos-de/
(3) La teórica austriaca Christa Blümlinger, en su capítulo “Lumiére: the Train and the Avant-Garde” del libro The Cinema of Attractions Reloaded, razona las implicaciones de la repetición en un apartado titulado explícitamente “Avant-Garde Film and Early Cinema: The Paradigm of Repetition”. Obras de found footage de Bill Morrison, Al Razutis o Peter Tscherkassky quedan diseccionadas bajo el paradigma de la reincidencia, en este caso apropiacionista.
(4) Ronald Green, J. “The Re-emergence of the Film/Video Loop” en Millennium Film Journal. “Structures and Spaces: Cine-Installation”. Nº 55 (Primavera 2012).



Ballet Mécanique (1924) Fernand Léger & Dudley Murphy
Super Mario Clouds (2002) Cory Arcangel
Eight (2001) Teresa Hubbard & Alexander Birchler
Single Wide (2002) de Teresa Hubbard y Alexander Birchler
Los Cronocrímenes (2007) Nacho Vigalondo

1 de mayo de 2018

Actitudes fílmicas, entorno urbanístico. En la ciudad (1976-1977)


Eulàlia Grau

Publicado en A*Desk

English version

Un texto, un film

«La ciudad es un espacio de obsesiones. El yo tiene ficha de identidad y un mapa urbano. ‘Dime por dónde andas y te diré quién eres’». Con estas palabras del pensador Patricio Bulnes se iniciaba un escrito que, a mediados de los años setenta, invitaba a participar en una iniciativa excepcional, una propuesta abierta titulada En la ciudad. El enunciado que introducía los requisitos y especificaciones que cada artista o cineasta debía seguir para concretar su aportación fue: «un proyecto, un film». Cada una de estas breves piezas filmadas en una bobina de super 8 –entre dos y tres minutos– formaría parte de una película colectiva impulsada por Eugeni Bonet y José Miguel Gómez. La temática general de cada filmación debía ser la ciudad, un pretexto para que cada uno expresara sus inquietudes urbanas. En la misiva se indicaban tanto una serie de aspectos técnicos que debía cumplir todo aquel que deseara sumarse al proyecto como la fecha límite para recibir las filmaciones: el 14 de abril de 1976.

El resultado de la llamada fue una película artística de 63 minutos de duración caracterizada por su heterogeneidad (1). Sus veinticuatro secuencias fueron realizadas de modo independiente por decenas de artistas que vieron la posibilidad de desarrollar instancias ideológicas, manifestando criterios narrativos, analíticos o formalistas. Entre los contribuyentes se encuentran algunos de los nombres más relevantes de las artes visuales españolas de los años setenta. Nos referimos a cineastas vinculados a las prácticas fílmicas de raíz experimental –Iván Zulueta, Benet Rossell, Eugènia Balcells, Juan Bufill, Manuel Huerga– y a artistas visuales de rasgos conceptuales, cercanos a los nuevos comportamientos artísticos acuñados por Simón Marchan Fiz –Francesc Abad, Eulàlia Grau, Antoni Miralda, Fina Miralles, Muntadas, Joan Rabascall, Francesc Torres e Isidoro Valcárcel Medina. Todos ellos signaron una obra plural resuelta en cinta magnética de casete y formato fílmico subestándar. 

Un film, un documento

En la ciudad es un film artístico convertido, por derecho propio, en un documento histórico. Visionar este trabajo es atestiguar la idiosincrasia de un cúmulo de representaciones fotoquímicas marcadas por un periodo de cambio sociopolítico. El inicio de la Transición española –tras la muerte del dictador en 1975– y la posterior celebración de las primeras elecciones democráticas impregnan unas imágenes que reflexionan sobre el entorno urbano desde puntos de vista singulares. Propuestas estéticas ligadas a la investigación del medio fílmico y registros documentales de carácter crítico establecen un equilibrio que evidencia problemáticas del momento. La recuperación económica del país, la transformación urbanística, la industrialización, el tráfico, la contaminación, el ruido, el anonimato, la identidad, la represión policial y el paisaje mediático fundamentan un largometraje filmado, principalmente, en exteriores. Ensambladas, las unidades devienen una suerte de mosaico heterodoxo, un amalgama ecléctico de ideas y actitudes relativas al arte, el cine y la ciudad (2). Entre todas las filmaciones cabe remarcar los hallazgos cinematográficos y las gestos conceptuales de algunas de ellas que revelan la riqueza del super 8 como herramienta para articular expresiones artísticas.

El silencio es lo único que se escucha en el trabajo de la artista Eulàlia Grau. Esculturas clásicas en blanco y negro, rodadas de modo nervioso por los escenarios públicos de Barcelona, contrastan con otras en color de personas paseando por sus calles. Distorsiones ópticas del espacio pro-fílmico evocan un tono psicodélico. La autora equipara estatuas con viandantes mediante el estatismo y la movilidad. Es una visión contrastada no exenta de tensión. La sintonía radiofónica de una emisora latinoamericana es la banda sonora de la filmación del artista Antoni Miralda. Diversos planos generales de la ciudad de Nueva York contemplan humaredas de ventiladores de edificios y calles del sud de Manhattan. Este foco de atención remite a la mirada curiosa del extranjero.

La voz en off explicativa de Valcárcel Medina forma el sonido de su pieza. En una serie de cruces de calles madrileñas, el artista conceptual desarrolla una acción: engancha carteles de colores vistosos con el enunciado “en la ciudad”. Dos días después el único resultado es la desaparición de los mismos. La artista Fina Miralles también se decanta por la documentación de una acción, una mucho más precisa. Su voz narra un discurso crítico sobre los rasgos capitalistas de la ciudad mientras pasea por la calle. Poner en evidencia el sentido posesivo de todo ciudadano es el objetivo de una performance donde sus zapatos adaptados –suelas entintadas que funcionan como tampones– imprimen su nombre y apellido por todos los lugares por donde pasa. La identidad también estructura la filmación del especialista en cine experimental y videoarte Eugeni Bonet. Su pieza, titulada Photomatons, consta de una música estridente. Centenares de fotografías de carnets de identidad –retratos anónimos de rostros en blanco y negro– quedan representados velozmente, impidiendo cualquier tipo de identificación.

El fotógrafo Marc Mallol y el crítico de arte Juan Bufill se concentran en el tráfico rodado. El primero combina planos de conductores dentro de sus automóviles con un collage de grabaciones radiofónicas de lo que podría sonar en sus interiores. El segundo decide incluir la canción Colors, del cantautor escocés Donovan, para acompañar un plano estático de un semáforo en rojo cuya duración se extiende más allá de lo razonable. Dos monitores televisivos sobre un fondo negro son los protagonistas del fragmento silente del artista Muntadas. Si un aparato retransmite grabaciones en vídeo de gente paseando por Las Ramblas, el otro sintoniza la señal televisiva oficial del Estado. Esta confrontación de registros audiovisuales dispares forma parte de su proyecto videográfico Barcelona Distrito Uno (1976), continuación lógica de la célebre experiencia televisiva Cadaqués Canal Local (1974). La artista Eugènia Balcells usa un único plano cenital para impresionar una acumulación progresiva de recortes de revistas de objetos cotidianos. Es un collage de animación donde pone de relieve el carácter consumista propio de toda ciudad capitalista.

«El orden es sólo una manera de ver las cosas» es el texto inscrito sobre el film del artista Francesc Torres. En él discurren un seguido de barridos sucedidos por calles neoyorquinas inidentificables. Son planos en movimiento convertidos en capturas abstractas que parecen indicar un estado de alerta, como si el sujeto que agarra la cámara estuviera expectante ante alguna amenaza. La pieza del artista Francesc Abad se titula Terrassa: dos aspectos de una ciudad. En ella se comparan barrios, propiedades privadas y equipamientos públicos de la localidad catalana para evidenciar la escasa presencia del enseñamiento y la cultura. También es un documento urbanístico que denuncia las desigualdades económicas. La represión policial ante manifestantes en la Plaza de España de Madrid queda recogida por la cámara del cineasta Iván Zulueta. Desde un ángulo superior –el que le ofrece su apartamento del edificio España, omnipresente en la mítica película Arrebato (1980)– recoge los disparos indiscriminados de los agentes. Se trata de una actuación lamentablemente resumida en el periódico del día después: «Dos jóvenes muertos en el transcurso de sendas manifestaciones». El último fragmento de En la ciudad corre a cargo del artista visual Joan Rabascall. Un plano fijo de una autopista recoge la densidad del tráfico en el acceso a una ciudad. Es París pero podría ser otra ciudad del mundo occidental saturada de automóviles. Es un buen modo de acabar un film que cuestiona el progreso urbanístico suscitando lecturas críticas que invocan modos más amables de vivir en la ciudad.

Un documento, un referente

El 14 de octubre de 1978, en motivo de las Jornades de Cinema Català, Eugeni Bonet escribió: «... la película no quiere ser ni una antología, ni un híbrido [arte + cine], ni un manifiesto..., sino tan solo una muestra, un conjunto de trabajos de diferentes personas alrededor de un tema concreto y sobre un soporte determinado». La significativa nómina de artistas y la relevancia de sus intervenciones fílmicas hacen que En la ciudad forme parte del patrimonio cultural de este país. El espíritu crítico con el que se encaran las diferentes problemáticas que afectan la ciudad contemporánea convierte el proyecto en un referente artístico y cinematográfico. Un referente cuyos conflictos urbanos no distan excesivamente de los actuales. Es indudable que el crecimiento urbanístico conlleva el incremento de dificultades relativas a la especulación urbanística, la desigualdad social, la contaminación atmosférica, el tráfico rodado, el ruido acústico, la saturación mediática, la represión política, la acumulación de residuos, etc. Fomentar la convivencia en la ciudad, actuando en favor de la diversidad y la vitalidad de sus gentes, es por tanto un compromiso ineludible. Luchar por el bien de una transformación coherente y colectiva de la ciudad también implica hallar modos rigurosos de representarla, ya sea desde el contexto artístico o desde la esfera audiovisual.
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(1) El documento audiovisual que hemos analizado es una recuperación en vídeo realizada en 1997 por Eugeni Bonet, quien montó de nuevo el material –«edición: IN VITRO»– identificando la autoría de cada trabajo, reajustando sus duraciones y cambiando el orden de las mismas.
(2) Refiriéndonos a las “ideas y actitudes” de los artistas representados queremos incidir en la relevancia de una exposición como Idees i actituds. Entorn de l’art conceptual a Catalunya, 1964-1980... que tuvo lugar entre el 15 de enero y el 1 de marzo de 1992 en el Centre d’Art Santa Mònica de Barcelona. Su comisaria fue Pilar Parcerisas.



Antoni Miralda
Valcárcel Medina
Fina Miralles
Eugeni Bonet
Juan Bufill
Muntadas
Eugènia Balcells
Francesc Abad
Iván Zulueta
Joan Rabascall